miércoles, febrero 25, 2009

Parar la guerra


6 Feb 2008 - 10:24 am

Alfredo Molano Bravo

Por: Alfredo Molano Bravo
http://www.elespectador.com/opinion/columnistasdelimpreso/alfredo-molano-bravo/columna-parar-guerra 07:07 a.m. 25/02/2009

La guerra es la mamá del ternero. Es decir, de la violencia, de la barbarie, del secuestro, de la desaparición forzada, de las ejecuciones fuera de combate, de la extorsión, del narcotráfico, de la extradición. La guerra es el enemigo. El país, todo el país, está secuestrado por la guerra, un recurso de gobernabilidad, heredero del Frente Nacional y de las contiendas civiles del siglo XIX. La guerra ha tomado formas inhumanas, contrarias a sus principios, que la izquierda no puede menos que denunciar y rechazar. La guerra se les salió de las manos a los guerreros. La guerra son las masacres de La Chinita, Honduras, La Negra, Mejor Esquina; son los cuerpos mutilados en Las Tangas; son las cabezas rodando para jugar fútbol en Tisquisio y Mapiripán; es el colesterol que pesa en la nuca de altos oficiales que engordan con medallas.
Es la motosierra y la jaula de alambre de púas en mitad de la selva. Son las lágrimas que los nidos purulentos del pito hicieron derramar a Emmanuel; es el digno sufrimiento de su abuela y el amor solitario de su madre; son los descuartizados y ultrajados cadáveres que un chinchorro piadoso rescataba de las aguas del río Cauca; son los jueces asesinados en La Rochela; son los alaridos de terror de los niños arrinconados en la iglesia de Bojayá y asesinados luego con sus padres, a bombazos; son los cadáveres de campesinos de San Carlos embutidos en uniformes guerrilleros; son los mazos con que la locura bélica mató a 140 insurgentes en Tacueyó; son los balazos con que se abate a estudiantes atrincherados en cuadernos; son los 2.000 indígenas arsarios enterrados en la tierra que les fue robada; los 1.200 wayúus desterrados de Portete que vagan aún por Riohacha; son las viudas que deambulan escondidas por Cartagena, 'La Heroica'; son los indigentes vendidos como cadáveres en Barranquilla; son las cadenas de Íngrid y los codos ensangrentados del Coronel que usa como piernas para hacer sus necesidades.
Son los enterrados de La Dorada, del Azul, de San Miguel, escapados de las aguas del Putumayo; son las cenizas de los cuerpos quemados vivos con gasolina entre hornillas hechas con llantas; es el corazón que late intermitente del senador Gechem y los tiros de gracia —vivos aún— en el cadáver del senador Turbay; son los muros de la cárcel, la luz permanente en la celda, los uniformes anaranjados que Ricardo Palmera llevará de por vida; son los hongos que aparecerán en testamentos que escriben los contratistas norteamericanos en medio de la humedad y la oscuridad de la selva; son los cuatro millones de oyentes despavoridos de vereda en vereda, de calle en calle, de frontera en frontera; son el kínder armado y los imberbes desarmados que mueren día de por medio en las cárceles de alta seguridad, mediana seguridad, baja seguridad, sin seguridad o entumidos en las aulas de reflexión de Pereira; son selvas sin cativos del Atrato; las tierras ancestrales invadidas por la palma africana en Jiguamandó y Curbaradó; son los zapatos de los atropellados por los escoltas de los PMI (Personajes Muy Importantes); es la guerra química contra la coca, el caucho, el maíz, son las mil piedras con nombres propios apiladas en San José de Apartadó y Puerto Esperanza del Ariari; son los policías muertos en Jamundí y Guaitarilla; son los soldados que prestan servicio militar obligatorio y se lamentan sin piernas y sin manos en los hospitales militares; son las madres que lloran aún a sus hijos muertos en Patascoy, Las Delicias, Mitú, Las Dantas, San Benito; son los diputados acribillados por unos, por otros o por todos; son las escuelas convertidas en trincheras. Son los 20.000 niños que según el procurador Maya mueren al año. La guerra es, en fin, lo que somos.

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