jueves, enero 22, 2015

De Yolanda Reyes


La educación de las niñas

Miss Tanguita es la punta del iceberg de esas prácticas sociales que legitiman la desigualdad de género.
2:28 a.m. | 19 de enero de 2015
Las veo llegar al jardín, iguales o incluso más inquietas que sus compañeros varones, y suelen ser más precoces para hablar y menos propensas a enfermarse. A veces se visten de princesas con faldas de tul rosa que toman visos de color tierra o verde pasto, de tanto echarse arena, buscar bichos y correr de un lado a otro.
Porque no quiero educar niños uniformes y porque creo que la libre expresión de la personalidad se practica desde la primera infancia, les doy toda la libertad para elegir jeans o faldas cortas o muy largas, así como los niños la tienen para vestirse de hombres araña o de princesas (pues, de vez en cuando, los niños quieren ser princesas y las niñas, hombre araña). Sin embargo, hay una regla: los atuendos no pueden limitar sus movimientos. No quiero ver niñas de 3 años con tacones, ropa, uñas o peinados que les impidan saltar, dar botes, embadurnarse con todos los colores y explorar el mundo en igualdad de condiciones.
Tal vez a usted le extrañe una columna sobre tacones infantiles porque ignora que hay niñas de 5 años que pasan horas quietecitas mientras les hacen manicure de florecitas en salones especializados, o que celebran sus cumpleaños en spas donde desfilan frente a sus padres, como en el concurso Miss Tanguita de Barbosa. Habrá quien argumente que no se puede comparar un spa del norte de Bogotá con Miss Tanguita, porque no venden licor, pero descontando matices relacionados con una mayor o menor exposición pública, encuentro más similitudes que diferencias en esa obsesión adulta por convertir a las niñas en modelitos precoces y en esa tolerancia negligente que se refleja en una frase típica: "¿acaso qué tiene de malo?".
Eso dijo la alcaldesa de Barbosa: que Miss Tanguita hacía parte de la idiosincrasia y de la cultura de su municipio. "Yo no me he inventado absolutamente nada", concluyó, y es cierto, no solo porque ese reinado para niñas de 5 a 10 años completa 27 ediciones, sino porque el "modelo cultural" se ha transmitido de generación en generación. Desde los tiempos de las bisabuelas, "todas íbamos a ser reinas", pero no de cuatro reinos sobre el mar, como en el poema de Gabriela Mistral, sino de Cartagena.
Hay una ruta imaginaria que conduce del reinado barrial al municipal, y de ahí, a ser reina de Colombia. Y si no se va al Miss Universo, al menos se llega a ser modelo, presentadora de televisión, actriz o mujer de político, mafioso o empresario. Ante la falta de educación y la inequidad de oportunidades, la belleza significa para muchas niñas colombianas lo que los grupos armados para los varones de 10 años: opciones de ascenso económico, de movilidad social y de poder. ¿Qué otros sueños se podrían cultivar en un país que no ofrece alternativas para hacer contrapeso a esa aleación entre el poder, el dinero y la belleza que se vende por televisión y que para muchos es la única esperanza?
En este país donde son evidentes (pero también silenciadas y subestimadas) las brechas educativas y salariales entre hombres y mujeres, donde las niñas obtienen puntajes menores en ciencias naturales y matemáticas en las pruebas, e incluso pierden las ventajas de lenguaje que traían de la primera infancia, Miss Tanguita es la punta del iceberg de esas prácticas sociales que legitiman la desigualdad de género y que se aceptan, en mayor o menor grado, en todos los estratos y en todos los oficios. Por eso, además de sanciones, necesitamos propuestas educativas y otros modelos de mujeres y de hombres para inspirar las nuevas rutas imaginarias de esas niñas inteligentes y maravillosas que recogen gusanos, inventan sus historias y no se cansan de preguntar por qué.


Yolanda Reyes

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