miércoles, junio 16, 2010

"El varón es el modelo, el cuerpo perfecto, el discurso anatómico ejemplar".

Aquí va la nota editorial de la revista Arcadia, a propósito de la

exposición de Bodies. Dice que no hay un solo cuerpo de mujer en la muestra

pues quien la trajo decidió que los cuerpos de los hombres y las mujeres son

iguales y que lo único que valía la pena mostrar de las mujeres era el

útero. Una buena crítica hace la revista Arcadia sobre la fragmentación del

cuerpo de las mujeres. Allí les dejo...


EDITORIAL

El útero

En la muy publicitada exposición de Bodies, que ha estado en Medellín y

llega ahora a Bogotá, no hay un solo cuerpo de mujer. Ya lo dijo la

periodista Mónica Quintero en una nota breve, correcta pero un tanto

timorata, en El colombiano. En esa nota, el responsable de la muestra -a

quien en vano intentó contactar Arcadia durante varios días-, se defiende

asegurando que si bien no hay cuerpos enteros, sí hay órganos que "dan

cuenta de la historia femenina". Y es verdad, créanlo o no las lectoras,

¡hay un útero! Bravo. Eso es la mujer. Su historia se resume en eso: en una

matriz paridora. Sobre todo en esta relamida cuna del machismo que es

Colombia. Tal vez lo más interesante de esta curiosa oda a la fragmentación

del cuerpo femenino es que reitera algo a lo que están triste y amargamente

acostumbradas las mujeres: la idea de su propio cuerpo se mira y se vive y

se sufre por pedazos. Y así se construye en el inconsciente colectivo: decir

mujer es decir tetas, culos y vagina.



El resto -es decir, un cuerpo entero, único, voluptuoso o flaco,

individual-, pues para qué mostrarlo si, como dicen los importadores de la

muestra, es igual al del hombre... Hay algo profundamente equivocado en la

intención de minimizar este hecho vergonzoso. Lo pone muy bien en contexto

Shankar Vedantam, el escritor de temas científicos del diario Washington

Post. Él acaba de publicar en Estados Unidos el libro The Hidden Brain [El

cerebro escondido]. Según el autor, acuñó el término para describir las

influencias inconscientes en nuestra vida cotidiana. Todo lo que nos influye

de manera determinante pero de lo que no somos conscientes. Para él, "el

cerebro tiene mecanismos inconscientes, pero esas asociaciones que hacemos

están moldeadas por la cultura, por la historia personal y por las personas

con quienes socializamos". Si en los Estados Unidos la gente es racista, por

ejemplo, no es debido a la biología sino a la cultura. Y es cierto que a

muchos niños (el público mayoritario en la exhibición de Bodies) se les dice

en el colegio que el machismo es malo.



Pero es que el cerebro escondido no siempre aprende lo que se le enseña

verbalmente. "Podemos enseñarle a la gente -dice Vedantam- que ciertas

actitudes son buenas o malas, pero eso poco altera los procesos del cerebro

escondido. Es un sistema mucho más elemental que aprende por repetición y

argumentos ciegos y por medio de asociaciones. Si un niño está viendo

televisión, por ejemplo, el cerebro escondido está asimilando cómo funcionan

las figuras de autoridad. Cuando un niño llega a la edad de dos o tres o

cuatro años, ya ha sido testigo de miles de asociaciones de este tipo". Por

eso es tan grave que en esa exposición no haya cuerpos femeninos. Si -como

alegan las directivas- los cuerpos de hombres y mujeres son prácticamente

iguales, podrían haber traído entonces solo cuerpos femeninos. Pero ¿se

imagina el lector lo que se hubiera armado en ese caso? Muy seguramente, los

mismos empresarios que han invertido en el proyecto se hubieran negado si la

oferta de la empresa que comercializa mundialmente la exposición de Bodies

hubiera sido esa: traer a Colombia solo cuerpos femeninos. De hecho, también

sería absurdo. Queremos decir, exactamente igual de absurdo que traer solo

cuerpos de hombres. Porque cuando los niños van a ver esa exposición,

ataviados de guías escolares y maestros que les insistirán que el tarso, el

metatarso y el dedo son iguales en hombres y mujeres, al ver solo cuerpos de

hombres, estarán ratificando para sí, de manera poderosa e inconsciente, que

el varón es el modelo, el cuerpo perfecto, el discurso anatómico ejemplar.

La mujer, ya sabemos, lo de siempre, la metáfora más antigua de la

humanidad: apenas una costillita flotante, desobediente, misteriosa,

pecadora e imperfecta.



Qué aburrimiento que en pleno siglo xxi todavía se tengan que escribir estas

cosas. Qué aburrimiento que todavía se tenga que decir que no. Que el cuerpo

de la mujer es otro, y que su anatomía se mira de cuerpo entero y no

troceada, pedaceada, picada y fragmentada, por una de sus muchas funciones

biológicas. La gran bailarina norteamericana Martha Graham afirmó que el

cuerpo decía cosas que las palabras no pueden decir. Los pedazos de cuerpos

también hablan. Algún filósofo dijo que el cuerpo humano, de hombres y de

mujeres, es más profundo que el espíritu, y sus secretos, más inescrutables.

Hay que protestar por este estúpido útero de alquiler. Su solitaria

exposición ofende.

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